jueves, 24 de septiembre de 2015

Ser humano

Ser luz o sólo sombras,
entre parajes agridulces,
colores grises y vidas muertas.

Caminando a ciegas,

tropenzando en el penúltimo escalón,
pidiendo ayuda y recibiendo soledad.

Gritando en medio de un vacío inmaterial

que le hunden en el frío mortal
de su humilde alta torre.

Sólo está hecho para seguir

escalón tras escalón.

Sólo fue creado para no salir jamás

de esa vida entre fantasmas, miedos,
dolores, sueños incumplidos y desamores.


Ser humano de la cabeza a los pies,
esclavo de su destino del revés.






viernes, 25 de abril de 2014

Alguien me preguntó hoy...

... si me acordaba de ti. 
Respondí con los latidos alocados de mi corazón, más pisadas de elefante que el sonido de un órgano humano. 
Contesté con el color de la remolacha en las mejillas, calientes como aquel verano en Madrid, donde tu sombra acompañaba a la mía por sus calles infinitas y llenas de historias de otros tiempos.
Repliqué con la luz que brevemente iluminó mis ojos azules, las esperanzas a medio tiempo que aún intentan vivir en este cuerpo con las rentas de tu cariño al 10%.
Alegué con el sudor de mis manos, que echan de menos tu piel de terciopelo y el hilillo de vello que se pierde por tus pantalones.
Argumentó mi pelo, antes largo mas tu paso por mi vida lo segó junto con mi ilusión por vivir; ya que te llevaste todo, hasta los mechones vivaces de mi cabeza, el lugar donde solías recostar tu nariz y aspirar mi olor, suplicando por paz y calma.
Pero, sin duda, creo que quienes lo confirmaron fueron mis labios, resecos porque ya no tienen a sus pares, aquellos que los bañaban  de ternura y amor desde la mañana hasta después del anochecer... mucho después. Aquellos labios que eran el pasaporte a miles de sensaciones, que nos transportaban a un viaje de ida pero no de vuelta, porque el regreso siempre era en una estación diferente, ya que después de cada beso nosotros ya no éramos los mismos.

"¿Que si lo recuerdo?", le pregunté a aquel iluso. 
Claro que no, eres la sombra de un pasado que tengo que dejar atrás.
Eres aquello que nunca se debe recordar... porque fuiste mi mundo pero yo no era el tuyo.
Y, aunque mi cuerpo siga llamándote, seré fuerte y resistiré el envite.
Peores batallas he librado.

... No te recuerdo, pero te echo de menos.


jueves, 7 de marzo de 2013

"Te cambio la corbata por este billete"


Se conocieron con el tiempo de por medio. Una barrera inamovible marcada por el molesto tic-tac de las manecillas de un reloj de una estación. Sí, allí se conocieron. No fue el destino, o quizás sí, quién sabe…

 Ella cargaba una pesada maleta, estaba enamorada de la idea de la libertad y el amor, encantada con las historias sobre mundos distintos, llenos de magia, aventura y vida. Un alma joven, si me preguntaran. Con sus dos trenzas rubias, sus labios con carmín rosa palo y su amuleto de la Tata Emma. Siempre lo llevaba encima. Cuando algo malo se avecinaba, solía agarrar el pequeño colgante y apretarlo contra su pecho, rogando por alguna deidad que le ayudara a superar el bache próximo. He de admitir que muchas veces, por unas cosas o por otras, aquella maldita piedra había obrado milagros (o quizás aquí sí que tuvo algo que ver el destino). Podéis imaginárosla: una mujer con mentalidad de niña, sola en aquella monstruosa estación, con los ojos brillando llenos de vitalidad y la sonrisa más grande e ilusionada del mundo.

Él no era tan divertido. ¡Qué va! Era un tipo corriente. Había estudiado en una buena universidad y, justo casi después de graduarse, ya tenía la corbata apretándole el pescuezo, amenazando con asfixiarlo. Apenas con veinte primaveras, ya llevaba un traje soso y gris y un maletín de esos que parecen de persona mayor. Con su forma rectangular, de cuero y asa en forma de C. Ahora, trabaja en una oficina. Le va bastante bien: está a punto de llegar a conseguir el ascenso y la hija del jefe parece cada día más entusiasmada con él. En su mente, la idea de hacerse con la empresa ya deambula, como un ladrón esperando su oportunidad. Pero él es así: frío, astuto, calculador. Nunca da dos pasos sin antes valorar los pros y los contras.

Cuando él llega a la estación, ella está apoyada contra la pared, con su pesado macuto a sus pies. Enseguida, la esencia tan diferente que desprende llama la atención del hombre trajeado. En apenas una mirada, su cuerpo tira de él hacia la pequeña mujer. Pasa delante de ella y se sitúa no muy lejos de ella. ¿Habéis sentido alguna vez esa tensión, esa mirada penetrante clavada en tu ser, escaneando tu alma? Ella tuvo que levantar la cabeza de sus billetes. Miró y lo vio. Él, algo torpe, mantuvo la mirada y ella le respondió con una sonrisa brillante, de esas que prometen que si apuestas por ella, todo saldrá bien. Son dos extraños, dos desconocidos en el camino de la vida. Sus pasos dibujan en el firmamento rumbos dispares. ¿Se habrán cruzado por casualidad en aquella estación? El tren anuncia su llegada a la estación y, con él, se agota el tiempo para estas dos almas que no saben qué hacer. Las personas, impacientes, empiezan a adelantar su posición y a agruparse en torno a nuestros protagonistas. Ella, atrevida, se acerca dos pasos. En su mano, dos billetes de tren. ¿El destino? No importa. Lejos, muy lejos, hasta la tierra donde nadie los conozca. Y ocurrió lo inesperado. Ella le habló. Una frase, una promesa.

-  Te cambio la corbata por este billete.

El shock en el rostro masculino es evidente. Nadie nunca le ha hablado así. Con ese descaro, con esa vibrante energía. Hay una discusión entre su mente y su corazón. Y el tiempo se les escapa de los dedos. Hay tantas posibilidades abiertas ahora. Tantos finales para su vida que no sabe cuál elegir. Tristemente, elige la opción más cómoda.

 Lo siento, señorita, creo que se ha equivocado de persona.

Y con sus ojos clavados en la mente, agarra el maletín y se dirige a las puertas del tren. Su cuerpo embarca, su mente sigue en la suave curva de esa sonrisa no tan desconocida ahora.

martes, 5 de febrero de 2013

Limpios


Son coquetas. Cada una singular. Sus perfiles al reír, sin embargo, son iguales. Largas carcajadas escapan de sus labios, sabor de fresa. Sus caderas, perfectas curvas acolchadas, se contonean levemente. El pie derecho suele levantarse un poco, para evocar el sentimiento que las recorre. Se contraen, pero de manera elegante, casi con parsimonia. Ellas no son exageradas. Son bellas, finas, educadas. Nada incorrecto saldrá de sus labios en las tardes de primavera, donde toman té fino, importado de la India, sobre finos cojines traídos de a saber dónde. Suelen hablar, en esas cálidas tardes, de cotilleos del vecindario. Fulanita se casó con Menganito. El perro de tal se escapó tal día. Cosas banales. Pero, he de reconocer que llamó mi atención otro tema central de su conversación: El amor. Solían nombrarlo a todas horas. Se solían recrear en aquel día prometido en el que su príncipe azul pasara por la puerta, las recatara de su triste y monótona vida y las llevara a tierras de ensueño. Hablaban de esos caballeros tan educados. Llenos de valor y con un porte adusto. De rostro de tez clara, nariz aristocrática y mandíbula cuadrada. El cabello negro azabache, solían decir, pues sus ojos debían de ser claros. En cuanto a esta parte del rostro, he de admitir que nunca supe la resolución del debate. Algunas decían que los querían azules como el mar, cuyas profundidades escondieran secretos inconfesables. Otras, los preferían verdes, verdes selva, brillando en estos el peligro, la emoción y la libertad… la aventura. Y, por último, estaba ella. Una chiquilla menuda, la más joven de todas ellas. Con su moño apretado de color rubio tostado con mechones alborotados cubriendo su frente. Sus ojos eran de un color azul, pero un azul cielo – no mar -, ese color que siempre llama a la calma, al sosiego, a la tan ansiada paz. Quizás por eso me enamoré de ella en esas tardes del florecimiento de la vida. Recostado en el sillón más alejado de la conversación, escuché aquella pregunta con la inquietud latiéndome en la sien y la rectitud en mi cuerpo.

 ¿Y tú, Marla, cómo deseas que sean los ojos de tu príncipe azul?

Ella dio un brinco desde su asiento. Que yo recordara en las conversaciones pasadas, esta joven apenas abría la boca, sólo se reía al escuchar a sus compañeras de tardes infinitas. Ella se mordió el labio mirando al suelo, retorciéndose las manos en un gesto, no de nerviosismo, sino de vergüenza. Aspiró varias veces y murmuró algo que sólo sus pendientes, compañeros de sus pequeñas orejas, pudieron oír. Las demás saltaron de sus asientos, exaltadas, casi a punto de comérsela. Ella se puso roja. Mi corazón se saltó un latido. Ella dejó de respirar por un momento y, cuando cogió aire de nuevo, me miró fijamente.

- Limpios – murmuró, sin apartar sus ojos de los míos.

Recordé, en ese instante, todas las batallas que había librado por amor a la patria. A cuantos compañeros había sostenido en mis brazos mientras morían desangrados… Las muertes que ocasioné, las vidas que quité… Todo por una idea, un sueño estúpido de un chiquillo que con 17 años se alistó en el ejército…
Cuando volví al presente, abrí los ojos de nuevo y, a pesar de la distancia, pude verme como me veía ella. No veía cadáveres ni un alma putrefacta. Veía a un hombre. Sólo al hombre.

-  ¿Limpios? – casi chillaron todas. Alguna preguntó que qué color era ese.

Marla, mi amada Marla, cogió aire por cuarta vez y, con la voz más hermosa de todas, confesó:

Limpios, para que cuando los miré sepa que sólo me ve a mí.

(…)
Marla es coqueta. A su manera, es perfecta. Años más tarde, he llegado a la conclusión de que ella, mi Marla, era distinta a las demás. Ella, cuando se ríe, ilumina mi mundo. Con sólo oír su risa, sé que merecerá la pena seguir viviendo. Amo cuando sus caderas se contonean y bailan con el viento, de tal manera que sé que me llaman a mí. Nunca se contrae, lo que hace es elevar sus hombros repetidas veces y agarrarse el estómago, cuando se está muriendo literalmente de risa. Y he descubierto que no eleva graciosamente el pie, si no que tamborilea el suelo, dándole un ritmo estridente a toda esa emoción de júbilo.

… Cuando me miro en sus ojos mientras ríe, sólo veo a un hombre.  

viernes, 9 de noviembre de 2012

El destino, ése maldito tramposo.

Llueve. Con tanta fuerza que presiento que hasta la lluvia hoy está enfurecida. Hay algo en el ambiente. No me preguntes qué es, pero lo noto. En cada fibra de mi ser, en cada latido de tu corazón... hay algo ahí. Oscuro, oculto, rebelde, desquiciado. No sé qué es. Vamos a descubrirlo. "Dame la mano", te digo. Tú niegas con la cabeza. Sé que no eres capaz... tú sólo no al menos. Pero aquí estoy yo. Con mi mano tendida hacia ti, intentando decirte sin palabras que si yo estoy contigo, nada malo va a pasar. Porque hace tiempo que estamos conectados en una burbuja que nos protege. No sé, quizás sean sólo cosas mías, pero hay algo en esta unión tuya y mía que me dice que nos hemos encontrado en este mundo lleno de ilusiones vacías. Al fin. ¿Cómo fue? ¿Qué ocurrió? ¿Cómo fuimos tan afortunado de coincidir en aquella estación, aquel nublado 28 de septiembre, cuando nuestras vidas por separado eran un agónico infierno negro que nos chupaba hasta las ganas de vivir. Hasta la esperanza. Somos eso que todo el mundo quiere. Yo te reconocí, tú y tu sonrisa confirmaron la respuesta muda y nos miramos a los ojos sin ninguna máscara. Sabíamos que sería difícil, tú tan tú y yo tan yo. Pero... aquí estamos. Intentado que el destino siga de nuestro lado. Que no sea un maldito caprichoso y separe nuestras almas para siempre, dejándonos destrozados, arrancándonos a dentelladas nuestra otra mitad. Y no hablo de manera espiritual. Si te vas, te llevarías todo de mí: alma, cuerpo, mente. Todo sería tuyo... 
La mano sigue alzada hacia ti, para ti. ¿No la quieres? ¿Es que no confías en mí? "Por favor", quiero suplicar, pero mi boca se cierra herméticamente y tus pasos te alejan de mí. Te marchas. Asustado, huyendo de los problemas como haces siempre. Yo miro tu espalda en la distancia y me da por reír. El destino me la ha vuelto a jugar.... Tú te lo has llevado todo, dejando detrás de ti una cáscara vacía. Sin vida.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Crecer


Me hago mayor. Es un hecho. Aunque me digan que para las arrugas aún me quedan demasiados años como para empezar a preocuparme ahora, yo lo siento. No es una dolencia física sino un resquemor, algo que me dice que ya no soy esa chiquilla tímida y coquetona a la que le gustaban las muñecas y las casitas de ensueño. Es duro esto. ¡Ya lo creo que lo es! Cuando todo el mundo a tu alrededor te suelta siempre la misma frase: “Yo ya quiero los dieciocho”. Esa edad. Los dos gloriosos números que anuncian la libertad. Ansiados. Quizás hasta un punto obsesivo.
En cambio, a mí que siempre me ha gustado lo diferente, me produce temor acercarme a esa edad. A mí me gusta ser esa niña. Tener cinco, seis, siete años y pensar de manera inocente. Evadirme del mundo cruel en el que nos ha tocado vivir y soñar. Sí, eso es lo que más echo de menos: soñar. Tan bien se sentía. Tan hermoso era. Ahora, ya no queda nada de esos buenos tiempos. Las responsabilidades empiezan a pesar en mi espalda y llegará un momento que esa carga me matará. Quizás exagero, pero yo pienso que no. Yo, que soy esa mujer con el Síndrome de Peter Pan, a la que aún le gusta ver películas Disney no puedo aceptar el hecho de crecer. Creí ingenuamente en el cuento de Peter y Campanilla. Deseé, ansié que él viniera a por mí y me llevara al País de Nunca Jamás donde la envidia, el rencor y el odio tienen vedado el paso. Donde el egoísmo no es lo que está de moda.

¿Te acuerdas de cómo se resolvían las disputas? Un simple “Pito-pito gorgorito” resolvía esa lucha. Ahora, ¿qué nos queda? Competitividad. La lucha en esta vida demente en la que sólo los más fuertes y crueles son los que triunfan. Lo peor de todo es que aquel que es más débil, menos violento es el que recibirá más palos y perecerá en el intento. Sólo porque no se ha armado con la espada de la insolidaridad y el escudo del pasotismo. Son esos inadaptados que andan agazapados en un rincón, dejando que los rufianes hagan su trabajo ahí, en ese mundo que es de todos. La fastuosidad es la que corta la baraja aquí y se acompaña de su esposa, la artificialidad que siempre pone esa sonrisa falsa que tanto odio. ¿Dónde quedó ese tiempo cuando éramos solidarios y salvábamos a nuestros compañeros diciendo: “¡Por mí y por todos mis compañeros!”? Yo os lo diré: Los años han pasado y con ellos nuestra pureza y amor por la vida. Nos hemos vuelto como los malos de los cuentos que nos leía mamá por las noches. Como ese Edgar que abandonaba a los Aristogatos puramente por egoísmo para quedarse con la fortuna de Madame Adelaide Bonfamille. Como ese Frollo, cruel y sin sentimientos, que margina y acosa al pobre Quasimodo, tratándolo peor que un apestado y alejándolo del mundo pero siempre con palabras dulces en la boca. Os diré que somos: somos la malvada bruja de Blancanieves que la intenta envenenar por ser más guapa y popular que ella. Todos somos esa Úrsula que le roba a Ariel su bien más preciado para poder conseguir ser la reina del océano...
Creo que odio crecer porque al ver a todos los antagonistas de los cuentos de hadas y compararlos con las personas reales me he dado cuenta que las diferencias son tan ínfimas. Con cada paso que doy hacia el futuro, voy descubriendo personas más y más deformes que sólo quieren recibir. El problema es que a mí siempre me han enseñado que para recibir hay que dar y me parece que nadie está dispuesto a dar más de lo que tiene. Que abunda demasiado la superficialidad y que la canción de la Bella y la Bestia la han tirado por el caño.

 Por eso no quiero crecer. Quiero aferrarme a estas últimas llamas de la infancia.


(Redactado hace unos cuantos años)

viernes, 2 de noviembre de 2012

Hoy sé, mañana ya veré.



No sé por qué pero hace tiempo que me pregunto si sé andar. Si sé alzar un pie y luego el otro. Si sé mantener el equilibrio y balancear las caderas mientras acaricio con mis pies las aceras de la ciudad que me vio nacer. No sé, actualmente me preguntó tantas cosas que una más una menos, ya ni me importa. Sólo me importa seguir hacia delante. Encontrar ese Soy que sé que tengo dentro de mí y liberarlo para gritarle al mundo lo fea que es la sociedad que nos oprime. Quien sabe, quizás algún día todo cambie. Pero por ahora todo marcha a su vulgar ritmo. Sin cambios, estático. Y odio estar estática. Quieta. Como muerta en el tiempo. Y me voy haciendo más pequeñita, más triste porque no sé cómo se anda por este mundo. Por estos caminos inciertos que parecen no llevarme a ningún lado. Dicen que equivocarse es de sabios; que cuando cometes un error, aprendes de él. Yo, conforme cometo errores - no os penséis que muchos, algunos, lo normal- me hago más daño y mi coraza se hace más fuerte. Me escondo del mundo y me meto en mi concha. Me hago más ermitaña y no dejo que nadie me conozca.
... Quién sabe, quizás mañana mismo aprenda a andar. A alzar un pie tras el otro. A no dejar que mis caderas se balanceen demasiado para evitar perder el equilibrio y caer.